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En 1999, una expedición japonesa descendía el Nanga Parbat, uno de los ochomiles más exigentes del Himalaya, con un objeto excepcional: un antiguo piolet de madera Wek Aschenbrenner, que había aparecido en las inmediaciones de la cima.
Fue un hallazgo asombroso, pero todos conocían su procedencia: Hermann Buhl lo había dejado allí hacía 46 años, cuando coronó por primera vez en solitario y sin oxígeno la cima del Nanga Parbat y se convirtió en uno de los precursores del Himalaya y, al mismo tiempo, en una de las leyendas del alpinismo.
Ese piolet, que fue entregado a su viuda ese mismo año, se ha considerado durante años como un icono representativo de la gesta de Buhl durante su corta pero destacada trayectoria como alpinista. Todavía hoy mantiene el mismo significado: que el 3 de julio de 1953, a las siete de la tarde, después de 18 horas de agónica ascensión, Hermann Buhl se convirtió en el primer ser humano en pisar la cumbre del Nanga Parbat.
Tras llegar a la cima, Buhl apenas tuvo tiempo para disfrutar del momento, sacar unas fotos y dejar clavado su piolet con la bandera del Tirol anudada antes de iniciar un descenso durísimo. Con la única ayuda de sus dos bastones y con la correa de uno de sus crampones rota, comenzó a descender aprovechando las últimas luces del día. A 8.000 metros tomó la decisión de hacer un vivac recostado sobre la ladera de la montaña sin saco de dormir ni ningún material que le resguardara de la intemperie. Así permaneció siete horas, hasta que temió por su vida. A las 4 de la madrugada sacó fuerzas de flaqueza para continuar el descenso bajo un sol ardiente; recuperó su mochila, aunque ya no tenía fuerzas para ingerir agua ni alimentos. Y continuó descendiendo.
Cuando sus compañeros de expedición le daban por muerto, Hermann Buhl apareció frente a ellos caminando con sus dos bastones en una imagen que quedará para la historia del alpinismo.
Nacido en 1924 en Innsbruck, Buhl fue un alpinista vocacional al que la Segunda Guerra Mundial sólo consiguió retrasar sus planes. Nada más concluir la contienda y con Austria de nuevo soberana, Buhl se convirtió en guía de montaña y comenzó su corta pero exitosa andadura en el Himalaya.
Tras convertirse en el primer hombre en coronar la que se bautizó como la montaña asesina, el alpinista tirolés se embarcó, cuatro años después, en la primera ascensión del Broad Peak (8.051 metros), esta vez con un equipo en el que participaba el legendario Kurt Diemberger. El 9 de junio de 1957 ambos pisaban la cima del Broad Peak poco después de sus dos compañeros de expedición, Fritz Wintersteller y Marcus Schmuck, también si la ayuda de oxígeno ni de porteadores de altura.
La muerte le sobrevino pocos días después cuando, también junto a Diemberger, decidió ascender el Chogolisa (7.654 metros), en la cordillera Karakórum paquistaní. Buhl se salió de la huella durante la ascensión a la cumbre y su cuerpo se perdió entre la niebla al caer por una cornisa. En palabras de su compañero de ascensión, este fallo mortal fue el único que cometió como alpinista.
A diferencia de su piolet, su cuerpo nunca fue encontrado.
Hermann Buhl dejó como testimonio de su trayectoria las huellas de sus últimos pasos sobre la nieve.